Opinión | Entre el debate y la descalificación




Por Alexander Rodríguez
Opinión| Franklin Cordero Noticias


La política, en su esencia más noble, debería ser el espacio donde se confrontan ideas, se debaten visiones de país y se construyen soluciones para los problemas colectivos. Sin embargo, en los últimos años hemos visto cómo el debate público, en muchos casos, se ha ido desplazando hacia un terreno más peligroso: el de la confrontación permanente y el discurso del odio.

Las redes sociales, la polarización y la lógica de la inmediatez han contribuido a que el insulto, la descalificación y la deshumanización del adversario se conviertan, para algunos, en herramientas de acción política. Se sustituye el argumento por el ataque personal, la crítica constructiva por el resentimiento y la diferencia de ideas por la demonización del otro.

Este tipo de política puede generar ruido, titulares y reacciones momentáneas, pero rara vez construye soluciones duraderas. Por el contrario, erosiona la convivencia democrática, degrada el debate público y alimenta una cultura política donde lo importante deja de ser qué se propone, para convertirse simplemente en a quién se ataca.

Las sociedades que avanzan no lo hacen desde el odio, sino desde la capacidad de debatir con firmeza, pero también con respeto. El adversario político no es un enemigo al que hay que destruir, sino alguien con quien inevitablemente se comparte el mismo país y el mismo destino colectivo.

La crítica es necesaria en democracia. Los gobiernos deben ser fiscalizados, las decisiones públicas deben ser cuestionadas y los liderazgos deben estar sometidos al escrutinio ciudadano. Pero una cosa es la crítica responsable y otra muy distinta es la política construida sobre la base del resentimiento y la hostilidad permanente.

Cuando el debate se degrada, todos perdemos. Pierde la política, pierde la institucionalidad y pierde la ciudadanía, que termina alejándose de los espacios públicos al percibirlos como escenarios dominados por la agresividad y la intolerancia.

La política dominicana necesita elevar el nivel de su conversación pública. Necesita más ideas y menos insultos; más argumentos y menos etiquetas; más propuestas y menos ataques personales.

Porque cuando la política se alimenta del odio, la democracia se debilita.

*Alexander Rodríguez
Columnista

franklincorderop@hotmail.es


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